Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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A Fouquet le pareció extraño que Brienne, Rose y Saint-Aignán, siempre tan corteses y obsequiosos,
apenas se hubiesen movido al pasar él, el superintendente. Pero ¿qué podía esperar de los cortesanos aquel
a quien el rey ya solamente llamaba Fouquet?
El ministro irguió la cabeza, y, resuelto a arrostrarlo todo de frente, entró en el gabinete de Luis XIV tan
pronto una campanilla que ya nos es conocida le hubo anunciado a Su majestad.
Luis le saludó con la cabeza, sin levantarse, y le preguntó con interés por su salud.
--Estoy con un acceso de fiebre, Sire, --respondió el superintendente; --pero a la orden de Vuestra Ma-
jestad.
--Bien: mañana se reúnen los estados; ¿tenéis preparado algún discurso?
--No, Sire; pero improvisaré uno. Conozco bastante los asuntos que van a tratarse para no quedarme cor-
tado. Sólo querría hacer una pregunta: ¿me da Vuestra Majestad licencia para que se la dirija?
--Hacedla.
--¿Por qué, siendo vuestro primer ministro, Sire, no os dignasteis advertirme en París?
--Porque estabais enfermo y no quería causaros fatiga alguna.
--Nunca me fatigan el trabajo y las explicaciones, Sire, y pues ha llegado para mí el momento de pedir
una explicación a mi soberano...
--¿Sobre qué?
--Sobre las intenciones de Vuestra Majestad respecto de mí. Luis XIV se sonrojó.
--Sire, --prosiguió Fouquet con viveza, --he sido calumniado y debo provocar una información.
--Habláis inútilmente, --replicó el monarca: --yo sé lo que sé.
--Vuestra majestad no puede saber más que lo que le han dicho, y yo no os he dicho nada, Sire. mientras
los demás han hablado qué sé yo cuántas veces.
--¿Qué queréis decir? --prorrumpió Luis XIV anheloso de dar fin a aquella embarazosa conversación.
--Voy al hecho, sire, y acuso a un hombre de perjudicarme ante vos.
--Nadie os perjudica, señor Fouquet.
--Esta respuesta, Sire, me prueba que yo tenía razón.
--Señor Fouquet, no me gusta que acusen.
--¡Cuando uno es acusado!
--Basta, ya hemos hablado demasiado sobre esto.
--¿Luego Vuestra Majestad no quiere que me justifique?
--Os repito que no os acuso.
Es evidente que ha tomado una resolución, pensó Fouquet retrocediendo un paso y haciendo una ligera
inclinación con la cabeza. Sólo tiene esa obstinación el que no puede volverse atrás. Sería menester estar
ciego para no ver ahora el peligro, vacilar sería una nedesad. Y en voz alta preguntó:
--¿Me ha enviado a buscar Vuestra Majestad para algún trabajo?
--No, sino para daros un consejo.
--Lo espero con el mayor respeto, Sire.
--Descansad; no prodiguéis más vuestras fuerzas. La sesión de los estados será corta, y cuando mis se-
cretarios la hayan cerrado, no quiero que en Francia se hable de hacienda en quince días.
--¿Nada tiene que decirme Vuestra Majestad sobre la reunión de los estados?
--No.
--¿A mí, superintendente de hacienda?
--Os ruego que descanséis; nada más tengo que deciros.
Fouquet se mordió los labios y bajó la cabeza con señales evidentes de meditar algo grave.
--¿Acaso os fastidia veros obligado a descansar? --dijo el rey, contaminado por la inquietud que se veía
en el rostro del ministro.
--Sí, Sire, no estoy acostumbrado al reposo.
--Estáis enfermo y es menester que os cuidéis.
--¿No me ha hablado Vuestra Majestad de un discurso que debe pronunciarse mañana?
Esta pregunta le turbó, el rey no respondió.
Fouquet sintió el peso de aquella vacilación, y creyó ver en los ojos del príncipe el peligro que él precipi-
taría con sus recelos. Si hago ver que tengo miedo, --dijo entre sí el ministro--, estoy perdido.
Al monarca, le tenía desasosegado la desconfianza de Fouquet. Como la primera palabra que me dirija sea dura, --continuó el ministro pensando--, si se irrita o finge
irritarse para tomar un pretexto, ¿cómo salgo del apuro? Suavicemos la pendiente. Gourville tenía razón. Y
alzando la voz, dijo de pronto:
--Sire, pues veláis por mi salud hasta el punto de dispensarme de todo trabajo, ¿os dignaríais excusarme
de asistir al consejo de mañana? Así podría pasar en cama el día, y probaría un remedio contra estas maldi-
tas fiebres si tuvieseis a bien cederme vuestro médico.
--Concedido. Os enviaré mi licencia para mañana, os enviaré mi médico, y recobraréis la salud.
--Gracias, Sire, --dijo fouquet inclinándose. Y tomando una resolución prosiguió:
--¿Tendré la honra de conducir a Vuestra Majestad a BelleIsle, a mi casa?
--El ministro miró cara a cara al rey para juzgar del efecto de su proposición.
--¿Sabéis lo que decís? --replicó el monarca sonrojándose


 

 
 

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